Amadísima hija Mía, el que Mi
Hijo naciera en tan humildes condiciones no fue una casualidad, sino la
disposición del Padre Eterno para que desde el primer instante la
Humanidad comprendiera que para adentrarse en la vida espiritual y
acoger las enseñanzas de Mi Hijo deben desatar todo aquello que les
mantiene atados a las falsas creencias personales, al ego que permanece
fuerte en el hombre, a la necedad humana y humildemente mirarse a sí
mismo y reconocer lo que es y cómo es, lo que debe dejar y lo que debe
tomar para unificarse a Mi Hijo.
Les solicito que cada día sea como este, en
que el hombre de Dios reconoce que el Amor debe prevalecer en la vida y
recordar que sin amor nada somos (Cfr. 1 Cor. 13).
Nosotros no viajábamos solos, sino en
compañía de los protectores que Dios Padre envió para que nos
acompañasen en el camino y antes de entrar en ese establo, los Ángeles
ya se encontraban allí, alegres, esperaban nuestra entrada. EL ESTABLO, ESE HUMILDE LUGAR, ERA EL GRAN PALACIO EN DONDE DEBÍA NACER EL HIJO DE DIOS.
Los Ángeles de Dios Padre se hicieron
visibles a nuestras miradas y José, admirado ante tanta grandeza,
comprendió que más que un palacio nos encontrábamos en el lugar más
hermoso que podía existir en la Tierra. Nos apresuramos a limpiar el
lugar y los Ángeles de Dios ayudaron a Mi esposo José, y el lugar, con
impecable limpieza, fue dispuesto para el nacimiento de Mi Hijo, que
previamente se Me había anunciado. Los Ángeles perfumaron con aromas
celestiales tan gran palacio. Yo había sido anunciada del nacimiento y
absorta en Mi Vientre, en donde el Amor Divino llegaría a la Humanidad,
penetraba en tan insondable Misterio.
El frío de la noche hizo que presuroso, Mi
esposo José encendiera el fuego y Yo le pedí que descansara y José,
entrando en sueño que fue un éxtasis, miró cuanto sucedía con el Divino
nacimiento.
Yo fui llevada por sobre lo creado y fui
llena de mayores portentos que llenaban Mi Corazón, Mi Mente, Mi
Pensamiento, Mi Razón, Mi Alma y Mi Espíritu para acoger “Sagrados
Misterios” que no se me habían revelado antes. Fui llevada en profundo
Éxtasis Divino hasta mirar el Rostro de Dios y fui colmada de Ciencia
Divina, de Prudencia, de Esperanza Divina, de Amor y Comprensión Divina…
Postrada ante el Padre Eterno recibí Su
gran bendición y tan Altísima Majestad Me tomó las Manos y recibí toda
la instrucción para la crianza de Quien llegaría a ser el Salvador de la
Humanidad. Mi rostro irradiaba la Luz Divina que el Padre reflejaba en
Mí, consciente de cuanto sucedía, en pleno uso de Mis Sentidos, Me
miraba transformada ante tan Insondable Presencia.
En instantes sentí en Mi vientre a Mi Niño
moviéndose con fuerza, ya preparado para nacer y arrobada por el
Espíritu Divino, miré que fue liberando de ese claustro a Dios hecho
Hombre, sin dolor alguno. El Amor de Mis entrañas se unificó con el
Espíritu Divino y en una total donación, no oponiendo resistencia alguna
a la Voluntad Divina, con absoluta disposición y siendo como el cristal
a la luz, nació el “Unigénito del Padre”, por Obra y Gracia del
Espíritu Santo (Cfr. Mt. 1, 18c), conservando Mi Estado Virginal, todo
fue un Milagro de Amor.
Miré a San Miguel y a San Rafael y ellos
adoraban a Mi Niño, transfigurado, más hermoso y refulgente que el sol.
Su Piel, limpia totalmente, irradiaba tal Pureza, que salía del lugar la
Luz de Su Divino Cuerpo. Me fue entregado Mi Niño por Manos de San
Miguel y San Gabriel, y en ese instante, un Coloquio Divino sucedió
entre los dos: MI HIJO Y YO NOS FUSIONAMOS Y ÉL COMO AMOR VERDADERO Y YO COMO SU MADRE LE EXPRESÉ: MI AMADO PARA MÍ Y YO PARA MI AMADO… (Cfr. Cant. 2,16).
ENTRAMOS EN UN ÍNTIMO COLOQUIO, Y
CON TODA MI TERNURA MATERNAL, MIRANDO ESOS OJOS BENDITOS, LE AME EN LA
VOLUNTAD DIVINA DESDE EL PESEBRE HASTA LA CRUZ.
Saliendo de ese estado, llame a José y él
mirando al Niño, derramaba lágrimas que corrían por sus mejillas, al que
tanto esperaba estaba allí, lo entregué en sus brazos y en total
reverencia lo amo con amor eterno.
LLEGARON LOS HUMILDES A ADORAR A MI HIJO PORQUE DE LOS HUMILDES ES EL REINO.
Mamá María








